Hoy salgo con Juan Carlos hacia las Alcarrias....Salimos a Uclés. Cuatro días, Llegaremos a Pinilla, vamos en plan acamapada, me llevo silla y mesa. Hoy a la hora de la salida algo nervioso, siempre me pasa, pero me encantará.
La salida según lo previsto. Bueno, con sorpresa. Quedamos junto a la ermita de Valverde, entre la carretera de Colmenar Viejo y la M-40, esta vez llegué yo antes que Juan Carlos, hinché las ruedas...y ahí el problema. Debí mover la válvula de la bici y perdía aire, estuvimos como 40 minutos intentando resolviendo el problema, se desinflaba de manera automática, hasta que nos paramos en serio y con alicates movimos la válvula. El resto bien...bajamos a Madrid río, tomamos nuestro pincho de tortilla y bajamos el Manzanares hasta Rivas. El camino mejor que la última vez, cuando iba a Atenas!! no había llovido tanto y pudimos sortear los arroyos de las cárcavas de Valdemingomez.
Rivas, cruzamos el Jarama, más allá de la laguna del Campillo, por el puente del tren de Arganda que es el que seguiríamos toda la tarde hasta Carabaña. Comimos en el polígono que hay en la Poveda. Menú sencillo, rodeados de curritos que paraban sus furgonetas junto a nuestra bicis.
Desde Madrid río, y el parque lineal del Manzanares todo es algo caótico, sucio, feo, incluso la parta de Arganda, la vía va por detrás de chalets alzados a golpe de ahorro, donde se van mezclando distintos materiasles y estilos...la desolación de los pobres que van construyendo poco a poco. Pasado Arganda empezamos a subir hacia el Tajuña, nuestro tercer río y valle. La primavera nos sorprendió, la vía estaba llena de flores, preciosa, toda la ladera cubierta de blanco por la flor del tomillo. La cuesta larga, no pronunciada, y yo cargado (llevaba el kit de nocturnidad; cocina, tienda, silla, mesa...) pero subí resuleto y bien, parece que algo guardo de la ruta griega.
En Perales del tajuña, después de bajar el trayecto del tren compramos algo para cenar. Las tiendas las colocamos en la ermita de Carabaña, Stos niños Justo y Pastor, donde las debíamos haber colocado la anterior vez. La gente de la zona la interpreta como un lugar de descanso del camino de Uclés. Primer cena, volvía a estrenar hornillo y mesa. YateKomo con salchichas....hidratos con proteinas, y unas galletitas de chocolate de postre, y manzana.
No pasamos desapercibidos, esa mañana muchos paseantes nos vieron con las tiendas y preparando el desayuno, no había problema. Ya somos duchos en la acampada, todo lo vamos haciendo poco a poco, levantar el campamento mientras tomamos café lleva su tiempo, cerca de dos horas. Sin prisa.Al día siguiente el camino es nuevo, dejamos el Tajuña y tomamos la otra vía verde hacia Extremera...una subida larga de tren, que no cansa pero agota. La bajada de Extremera hacia el Tajo preciosa, en la trinchera del tren.
Lo pero del día y de la ruta fue la zona del Tajo, llena de chalets perdido y construidos al azar, y unas canteras con tránsito horroroso de camiones. Después subiríamos hacia Barajas de Melo por una vega muy abierta con agricultura intensiva, el paisaje plano y monótono. La vega del Calvache nada atractiva.
Al subir por el Calvache hacia barajas nos encontramos un extraño y aparatoso monumento. Es curioso como este "camino de Uclés" está cuidado incluso mejor que el Camino de Santiago, y van apareciendo hitos a lo largo del camino, como generando expectativas hacia Uclés. Este en concreto estaba recién inagurado, pintado, levantado. todo muy nuevo, recreado con las vieiras compostelanas.
En Barajas comimos en "la peseta", un bar familiar bastante cutre de comida reflita y mala, junto a unos peones camineros, que daban gritos y alaridos. Un poco decepcionante, pero anclados en el territorio, estamos con la gente, y convivimos con ellos, es parte del viaje, lo más interesante, lo que sucede es que esta vez el resultado es desalentador, ver el cutrerio y el nivel de estos pueblos del sur de Madrid, que no llegan a tener la categoria de rural, se mezclan entre lo industrial, y el extraradio.
La mañana, especialmente los últimos tramos, había sido bastante pesada, además el sol pegaba bien. Decidimos dejar el camino, que prometía excelsas pendientes, e ir por la carretera. La Cu-201 hacia Huelves y de ahí a Uclés. Carretera perfectamente arreglada, peraltada, y con un asfalto excepcional, pero sin coches. El paisaje entre encinas y robles, culebreando entre barrancos. Así llegaríamos a Huelves un pueblecito pequeño junto a las vías abandonadas de ferrocarril a Cuenca. ¡Qué gran vía verde se puede hacer? La carretera hacía Uclés preciosa, otra carretera pequeña, rota, entre campos de cereal.Uclés apareció de repente, al final de una loma, oculto en el cereal. Una mole impasible mientras se rizaba el trigo. Imponente. Imponente también la ubicación, rodeado de barrancos, inexpugnable.
La llegada no fue tan atractiva. Llegamos cuando cerraban, no les importó cerrarnos la puerta, y pedirnos que volvieramos mañana.
Lo importante no era ítaca, era el viaje, que tan buen sabor nos estaba dejando. Llegar, a pesar de lo asombroso del sitio fue decepcionante por el recibimiento, por la frialdad de la gente. Llama la atención que un recorrido tan bien señalado y organizado lleve a un sitio tan antipático.
La única acogida fue en un camping de caravanas. Frente al verdor del valle, del campo, de los chopos del río montamos las tiendas en un erial junto a furgones cerrados y acastillados.
La mesa, la silla...junto a la tienda buscando la comodidad al final del día. Calentamos agua, un té. Preparamos la cena frente al valle. Una ducha fría en un baño solitario.
Rodeados de caravanas, grandes, bien montadas, con sus inquilinos dentro, sin salir ni al servicio. Autonomía completa. Un tema triste, aislados, sin interaccionar ni con el paisaje, el pueblo o el cielo. Dentro de la concha, con miedo, amenazados.
El día siguiente sería precioso. Llegaríamos hasta Pastrana. Las previsiones marcaban lluvia, a las 7, fatal, la peor hora, con el peligro de irnos con todo mojado. Me desperté a las 5 y parecía que la lluvia se retrasaba a las 11. A los 8 nos levantamos chispeando. Levantamos el campamento y nos fuimos a refugiar bajo la marquesina de una gasolinera que estaban montando junto a parquín de caravanas. Todo extendido junto a los suministradores sin estrenar. A pesar de la lluvia conseguimos empacar todo seco. Cuando dejó de llover volvimos al pueblo a desayunar, después camino a Pastrana.
Con el suelo mojado decidimos seguir pequeñas carreteras asfaltadas, sin nada de tráfico.
Una ruta que parecía escondida, recóndita, por carreteras nunca transitadas. La lluvía y el verdor de estos días por paisajes de encinas y robles diseminados por campos de cereal hacían del trayecto un paseo por un jardín único. Además de pasar por pueblos vacíos, en silencio. Paredes, un pueblo junto a una vía de tren que se pierde, y una autopista que le ignora.
En Saceda-Trasierra, perdido entre bosques de encinas, al final de una pista carretera nos dió un toque de realidad, la realidad de estos pueblos. En el bar, un bar destartalado, casí en una nave, dos viejos, uno dentro y otro fuera del mostrador comían bayas de alubias, las habían frito, nos las dieron a probar recién pasadas por la sartén, churrascaditas, y entre el vino D.Simón y las bahinas tuvimos un desayuno cinco estrellas donde no esperabamos nada, o una cara triste y ausente como en otros bares de pueblo.
En la carretera de Albalate, ya una buena vía, con coches veloces y una cuesta abajo que se prolongó muchos kilómetros hasta Albalate. Albalate, emprendedor, industrial, destartalado, feo. Es la puerta de entrada hacía la "nueva sierra de madrid". Lo pasamos de largo hacía Almonacid, y desde ahí a Zorita de los Canes. La carretera que une la nacional con el pueblo, con el fondo del tajo, y el altozano del castillo árabe impresionan.
El antiguo bar social sobre la torreta del puente medieval destruido se había convertido en un restaurante de autor, "Abuela maravillas. No teníamos muchas opciones y mucha hambre. Tomamos unas judías buenísimas. Lo disfrutamos.
Por la tarde subiríamos a Pastrana por la nacional, subiendo el valle del Arles, con el convento de San Franciso dominando el valle. Gratos recuerdos, aún era joven. En Pastrana dormimos en un hostal que estaba muy bien, incluso de precio. Pero quizás teníamos que haber optado por la tienda. Creo que en la Ermita a la salida del pueblo hubiéramos tenido sitio y agua.
Ya la última etapa, desde Pastrana a Lupiana. Tomamos la antigua carretera hacia Fuente el viejo, y en Hueva nos desviamos por el valle "Arroyo de Hueva".
Un paisaje muy alcarreño, fuimos bajando haciéndose más altas las montañas y más ancho el valle. Pasamos por la urbanización de Hontoba, no estaba mal del todo, casitas cuidadas y con mucha dignidad. No parabamos, bajamos hasta el Tajuña. Era sábado, en las parcelas madrileños cortando el cesped con la desbrozadora y bullicio, en el pueblo los viejos al sol.
Subimos el Tajuña hasta Aranzueque, la plaza del pueblo tomada por una peña que organizaba una comida. Es sorprendente la convivencia entre la gente, y como desde cada casa de la plaza salían sillas y mesas. El bar en cambio no rezumaba cortesía, un par de adolescentes enfurruñados nos dejaron caer un café, y "la cocina está cerrada".
La subida a Lupiana, ya con el sol arriba, pero sin calor, entre esparragueras y furgonetas de negritos recolectando. Debe ser difícil encontrar gente que cobre poco un sábado por la mañana agachándose a cortar espárragos. Al cruzar la nacional 320, por el Ungría, el valle se estrechó y las esparragueras cambiaron por cereal. Al fondo el robledal de Pinilla. En Lupiana nos tomamos una cañita en el bar del pueblo, famoso por su afabilidad.











