domingo, 3 de diciembre de 2023

Almarcegui, Patricia. Cuadernos perdidos de Japón.









En una reseña del país apareció otro libro de esta autora alabándola como "libro de viaje". No pude evitar comprarlo. Es profesora en Zaragoza y en alguna universidad americana de literatura.

El libro son retazos muy cortos de vivencias y experiencias en sitios en Japón. Es dinámico, está cambiando continuamente de tema. Se lee bien. También hace continuamente reflexiones personales sobre el viaje, sus vivencias. 

Presenta datos objetivos de lo que va visitando, citas de autores, va tejiendo un relato entre datos y vivencias, es agradable leerla, evocador. 

Cita textos sobre Japón de distintos autores japones para explicar como es Japón. Son textos cortos, La mayoría como máximo cinco líneas. Cuesta entrar en su lectura...pero poco a poco se hace adictiva. Cuenta temas íntimos, incluso de sexualidad propia. 

“Me dije, vale, pero voy a pensar en otra estructura que no sea la convencional del género de viaje, que no suene viejuno; tratar de dar un paso distinto, ya está bien de ese viajero omnisciente que tiene toda la verdad; reivindico al viajero como alguien errático, que comete errores, que salta de un viaje a otro, que no aprende, que se confunde, y que habla de lo que no sabe. Y he querido también experimentar con el lenguaje, darle un sentido musical, jugar con el ritmo, con las repeticiones”.

Aquí el artículo del País.

El País

10 nov 2023

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El nuevo libro de Patricia Almarcegui, tras esa joya de la literatura de viajes que alumbró en Cuadernos perdidos de Japón, es una novela, la tercera, Las vidas que no viví (en la misma editorial, Candaya). Pero, pese al cambio de género, estamos en idéntico territorio: en todo lo que la autora escribe laten los mismos temas y emociones, y lo empapa la misma poética. La intimidad del espacio y el espacio de la intimidad, el cuerpo (especialmente el de la mujer) en reposo y en tránsito, la vida afuera y adentro, la historia del mundo como imagen y metáfora de la historia personal, la memoria de los lugares, y la naturaleza y el paisaje como reflejo y altavoz de los sentimientos. En Las vidas que no viví, Almarcegui narra, en su personalísimo estilo fragmentario y escueto, dotado de un lirismo cristalino, a veces seco y duro, siempre conmovedor, las vidas de dos mujeres, una menorquina, embarazada, Anna, y otra iraní y mayor, migrante, Pari, que se encuentran en un viejo hotel abandonado de Ciutadella que ambas han convertido en su refugio. Alternando las voces en primera y tercera persona, llevándonos de Irán a Menorca, y del presente al pasado de ambos lugares, la escritora construye un relato de sueños y de realidades adversas, de jardines, de huertos y de desiertos. “Lucho siempre para que lo que escribo tenga un destello, un color, algo diferente”, señala Almarcegui (Zaragoza, 54 años); “busco los límites de la escritura”.


“Llevaba años dándole vueltas a un material que tenía, entrevistas a 30 mujeres de tres generaciones, de España y de Irán, el país al que he viajado más y que conozco bien, sobre si se habían sentido en inferioridad de condiciones en contextos sentimentales, laborales, familiares, etcétera”, explica la autora, que añade que “maternidad y sexo” (“El placer casi siempre es metálico”, escribe, y relata de manera desoladora el trauma de un aborto) eran dos puntos principales. “Pero no encontraba una forma que me gustara para condensar y contar la historia de esas fuentes. Llegué a tener tres manuscritos distintos. Trabajé en principio con tres personajes protagonistas. Y luego decidí que fueran dos. Una de ellas menorquina, del lugar en el que vivo desde hace 10 años, una voz más mía, más íntima, más melancólica, de amor a una tierra y a un paisaje. Tenía claro que la otra mujer debía ser iraní y haber experimentado la época del Sha, cuando las cosas eran muy diferentes en el país, más allá del tópico de que vivían felices y ellas podían llevar minifalda”.


Finalmente, Las vidas que no viví, que Almarcegui afirma que es “muy poco” autobiográfica, “es dos voces que dialogan, más otra, en tercera persona, que contextualiza y amplía lo que ellas explican”, las circunstancias de sus vidas, y que incluye “las voces de la isla y de Irán, porque los lugares deben tener voz propia y hablar como generadores de escritura”. En ese sentido, se explican acontecimientos históricos como el naufragio del trasatlántico francés Général Chanzy, hundido en 1901 cerca de Ciutadella, el incendio provocado del cine Rex de Abadán que causó 420 muertos en 1978 en las postrimerías del régimen del Sha, o el asedio de la Armada turca en el siglo XVI a Ciutadella que acabó con buena parte de la población esclavizada y llevada a Estambul. Almarcegui, que muestra un Irán diferente al de las noticias, también echa mano de la belleza de la poesía persa, a través de la poetisa, cineasta y feminista Forugh Farrojzad (1934-1967) —que aparece en la novela—, maridando sus versos en una hermosa mezcla con la melancolía menorquina: “La fuente de nuestra casa está vacía; / las pequeñas e inexpertas estrellas / desde la altura de los árboles, caen sobre la tierra”.


En cuanto al tono de la novela, señala: “Quería ese punto de confidencia, de confesión, con esa estructura en fragmentos intensos que es a menudo característica de mi forma de escribir, de mi poética”.


La historia que cuenta la novela “no es convencional”, como no lo es la forma de narrarla. “Es una historia llena de pérdidas y encuentros, de saltos e interrupciones, con una alternancia entre los relatos de Anna y Pari y luego, en la segunda parte, todo mezclado, aunque hay suficientes pistas para reconocer las voces de ambas”.


Menorca es una parte importante de la novela. “Vivir en Menorca es vivir entre una naturaleza desbordada y bella. Hay en la novela una muestra de mi amor por Menorca, como la hay de mi amor por Irán, los dos lugares principales de mi vida en los últimos 10 años”. No obstante, Almarcegui no duda en criticar la evolución urbanística en la isla. “Se está produciendo una gentrificación de alto poder adquisitivo relacionada con la obsesión mundial hoy por vivir en lugares bonitos, baratos y seguros”.


En cuanto a la comunidad iraní en Menorca que aparece en la novela, explica: “Es cierto, la he conocido, y da fe de la movilidad que hay en el mundo; me ha servido también para contar un viaje, físico y literario”. Almarcegui hace que su iraní, Pari, haya trabajado en un faro en el mar Caspio, y tenga experiencia con otro paisaje lejano de playas y arena.


En Las vidas que no viví se habla abiertamente de sexo y con términos nada remilgados. “La sexualidad forma parte de nuestra vida cotidiana, está completamente integrada y el pudor suena un poco anticuado en 2023", afirma.


Otro artículo sobre el mismo libro.



El itinerario de Cuadernos perdidos de Japón (Candaya, 2021), de Patricia Almarcegui, empieza en un tren de alta velocidad japonés que se llama Kodama, como María Kodama, la mujer de Borges, y acaba ―antes de un postrero: “Hoy no debería hacer nada, solo escribir”― con la anotación: “Creo que va a haber un cambio después de mi último viaje. La frescura de la escritura”. En medio, uno de los experimentos más interesantes de los últimos tiempos en el género de la literatura de viajes de nuestro país. Un libro insólito, exquisito, delicado, conmovedor, esencial y revelador, teñido de una extraña melancolía y no exento de sensualidad (“un quimono de seda rozando mi piel, no llevo nada debajo y camino; el color cereza roza los pezones, se endurecen”).

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Cuadernos perdidos de Japón sorprende por su brevedad (123 páginas), su fulgurante intensidad (“llueve delicado en Kioto”, “los pétalos de los cerezos y ciruelos caen sin ruido en el musgo mullido”, “un cisne navega por el lago oscuro del foso, nadie se atrevería a entrar en el palacio imperial de Tokio, solo un cisne”) y su capacidad de contar cosas reveladoras tanto del país y su cultura, del sintoísmo al manga pasando por las carpas y las geishas, como de la propia viajera (el alzhéimer y la muerte de su madre).

Concebido como una suerte de collage, mezcla de distintos materiales (incluidos una carta de Yasunari Kawabata a Yukio Mishima, dos de los grandes nombres de la literatura japonesa; un calendario y una lista de nombres de aves en japonés: pájaro carpintero es keratsutsuki) y de estilos, con parte de diario de viaje, de diario íntimo a secas y de libro de citas y aforismos, Cuadernos perdidos de Japón contiene datos, descripciones, anotaciones falsamente intrascendentes, reflexiones, fragmentos líricos y apuntes personalísimos en una mezcla hipnotizante en la que resuenan el stacato de la lengua japonesa y la brevedad del koan, el problema que el maestro plantea al alumno para comprobar sus progresos en la tradición zen.

Cerezos en flor en el templo Yasukuni de Tokio, referente que marca el inicio del 'sakura' en la capital.
Cerezos en flor en el templo Yasukuni de Tokio, referente que marca el inicio del 'sakura' en la capital.TORU HANAI (REUTERS)

Almarcegui (Zaragoza, 52 años), una de las más reconocidas autoras de literatura de viajes en español (Una viajera por Asia central, Conocer Irán) y que ha reflexionado abundantemente sobre el género (El sentido del viaje, Los mitos del viaje), se lanza en su nuevo libro con el valor de una Freya Stark o una Isabelle Eberhardt a la búsqueda de una nueva manera de contar el viaje. Y así en las páginas el lector observa a la escritora en la estela del Eugen Herrigel de Zen en el arte del tiro con arco imaginando que tensa un arco invisible en el santuario de kyudo de la isla de Shikanoshima, examinando jóvenes extraños en el cruce de Shibuya, investigando el papel de las mujeres, evocando a los samuráis en los vendedores de pescado que despiezan sus presas en la lonja de Tokio, observando a estadounidenses obesos beber cerveza en las ruinas de la cúpula de la bomba atómica de Hiroshima, reviviendo películas de Mizoguchi o Kurosawa o explicando la increíble variedad del gran negocio de la prostitución: en los prostíbulos denominados imekura, los clientes representan con prostitutas sus fantasías sexuales, como tocamientos a colegialas en transportes públicos.

“El libro ha sido un encargo de la editorial”, dice Almarcegui tomando un agua en el bar del Institut del Teatre, un lugar muy conveniente para la escritora, que fue bailarina de ballet, experiencia que inspiró su novela La memoria del cuerpo. “Me dije, vale, pero voy a pensar en otra estructura que no sea la convencional del género de viaje, que no suene viejuno; tratar de dar un paso distinto, ya está bien de ese viajero omnisciente que tiene toda la verdad; reivindico al viajero como alguien errático, que comete errores, que salta de un viaje a otro, que no aprende, que se confunde, y que habla de lo que no sabe. Y he querido también experimentar con el lenguaje, darle un sentido musical, jugar con el ritmo, con las repeticiones”.

Dos mujeres en un baño tradicional en Japón.
Dos mujeres en un baño tradicional en Japón.BOHISTOCK

En varios casos hay como una coda que atraviesa el libro, unos leitmotiv, que van apareciendo. “Quería que la forma también explicara el viaje, y ese país, Japón”. Almarcegui señala que ha sido casualidad que esta inflexión en su escritura de viajes coincidiera con el libro de Japón. “Pero igual se me ha pegado algo de todo lo que he leído para ese viaje”, añade. Cuadernos perdidos del Japón está impregnado de reflexiones sobre el viaje y el viajero, algunas de autores japoneses (de los Cantares de Ise, de Basho, o de Nakajima: “El color del mar era como si hubieran derretido jade en leche”) y otras de la propia Almarcegui. “Los hoteles son la casa del viaje”, “los errores guían el viaje”, “las cosas hay que aprehenderlas en su movimiento” o la letanía “el viaje ha muerto. El fin del viaje. El viaje ha muerto. El fin del viaje…”, que recuerda esa idea que se repite desde hace más de 20 años.

A veces se encuentran frases muy inesperadas, como “el amor que se siente por un hombre depende en buena parte de sus despedidas”, o “follar de lado con la mirada perdida en los tatamis”. “Sí”, ríe traviesa Almarcegui, “hay en ocasiones un juego, una libertad, imágenes que fluyen y que se encadenan sin relación; mi voz se mezcla, se funde con otras”.

Pobreza y pornografía

En todo caso, la inmersión de la escritora en la cultura japonesa ha sido profunda: lecturas, cursos, el propio viaje (en realidad dos, en 2009 y 2018). Ha tratado de evitar “los tópicos”: no aparecen katanas (“¿para qué?”) ni harakiris ni kamikazes. En cambio, se habla de la pobreza, de la pornografía y de los baños termales, que apasionan a la autora.

De la conciencia feminista que resuena en el libro, las referencias al viajar siendo mujer (“¿y qué si soy mujer?, ¿y qué si viajo sola?”, “tenemos derecho a ir y tenemos derecho a volver”, “mujer en alerta”) y la inclusión de los pasajes sobre las dos turistas argentinas asesinadas en Ecuador en 2016, Almarcegui señala que es consustancial a su escritura, que se ha puesto en la piel de las dos víctimas y ha imaginado su terror (“y lo he pasado viajando”). Y deplora: “Ser una mujer que viaja sola es ser una mujer a la que continuamente le preguntan por qué lo hace”.


Página 6 - 15 nov

la despedida de los amantes. Según Shōnagon, lo mejor de pasar una noche con ellos son las cartas que nos envían al día siguiente.

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2018. «Como no conocían los caminos hacían el viaje perdiéndose y volviéndose a orientar

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Lo escribió José Ángel Valente y era algo así: las experiencias solo terminan cuando se escriben

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la primera impresión de la belleza de las mujeres que tenían los hombres consistía no en su belleza física, sino en el buen gusto de su carruaje, de su perfume, de sus ropas, y en esa habilidad para tocar instrumentos, en su caligrafía y poesía

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La cultura japonesa se caracteriza porque atiende a la fragilidad del mundo cambiante, se entrega a él y se identifica con la hermosura variable del universo.

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El objeto del artista es captar el impulso vital del macrocosmos e inyectarlo en el microcosmos. La superficie del cuadro es un campo de energía en el que se intercambian corrientes y tensiones.

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El jardín que rodea el templo de Ryōan-ji es sereno y hermoso. Los pétalos de los cerezos y ciruelos caen sin ruido en el musgo mullido. Unos hombres colocan con celo nuevos parterres de musgo en los huecos vacíos. Moldean con las manos para que se integren en el jardín.El amor a la naturaleza imposibilita la abstracción

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El acierto de Japón es encontrar la belleza en lo corriente y normal

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Habría que fijarse en las rocas de los jardines zen secos como si tuvieran gestos

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Las rocas se vuelven por fin montañas

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Se trata de fijar la mirada en un pequeño espacio del jardín y luego proyectar la visión del mundo.

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en esta sala se reproduce la luz ideal para ver la cerámica tal y como aparece en el Genji: a las diez de la mañana, en otoño y en un día soleado

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Hay templos budistas donde las mujeres pueden ir a rezar por las almas de sus abortos

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Detenerse, identificarse y abandonarse a la fragilidad del mundo cambiante.

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Característica del arte japonés: el contraste entre superficies lisas y texturas toscas description

Página 96 - hace 9 días

Los jardines son pinturas en dos dimensiones. Mirar a través del espacio de los pilares de madera es como mirar los biombos o fusuma

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Japón es una sensibilidad. Las palabras crean sensaciones

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La pagoda se enciende y el lago refleja los sauces iluminados.Las fumarolas suben hacia el cielo. Son espíritus de las montañas que vuelven a las nubes.Lo que sugiere. La reverberación emocional. El problema de la economía está en la demografía. Jamás ha sucedido algo así. El país perderá un tercio de su población en cincuenta años









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Onfray, Michael. Teoría del viaje.