Por fin lo conseguimos. Es el tercer intento de ir a San Juan de Gaztelunache. Lo intentamos en junio, unos días antes que mamá se cayera y se rompiera la cadera en el hospital. Después cuando alquilamos una habitación en un caserio de Lekeitio, cuando nos tuvimos que volver de manera urgente, días antes de su muerte.
Este verano ha sido difícil, Mónica ha tenido el brote de artrosis y hemos estado todo el verano encerrados, prácticamente sin salir ni pasear, no podía andar más de 200 metros y estaba muy débil. Con la vuelta al curso ha vuelto a tomar la medicación y parece que se va enderezando. Hemos vuelto a intentarlo y subir las escaleras de San Juan. Tres días de viernes a domingo tranquilos, a nuestro aire, sin demasiadas pretensiones. Nos levantamos tarde y paseos con descanso.
Es una estupenda época para viajar, aparte de que aún los días son largos, aún no se ha cambiado el horario, no hay turismo. Nada. Hemos estado solo con los nativos. En Bakio paseando por la playa con familias del lugar, en Bermeo paseando también con solo lugareños. Todos hablando eusquera. En las tabernas, tascas y restaurantes también rodeados de guipuzcuanos..una pequeña inmersión. Si viajar es conocer y compartir con los lugareños, creo que lo hemos conseguido.
San Juan de Gaztelugatxe es un sitio muy especial. Encima de una colina mirando al mar, cuando los eremitas ocupaban y escalaban estos roquedales. Posiblemente sería una sensación de soledad, indefensión, y estar rodeado por fuerzas muy poderosas que llevaba a la contemplación, y a mirar al cielo como hacedor.
El sitio, espectacular, está hoy contaminado. Demasiada gente, grupos gritando, interrumpiendo. Es una atracción turística con colas, tiques de entrada, carteles explicativos, bar, hotel restaurante, aparcamiento...ha perdido su magia. Se ha convertido en un promontorio a visitar...Si encima rememoras películas, escenas de "Juego de Tronos", y personajes deambulando por allí, lo conviertes en una atracción de feria.
Lo mejor, apartarse de la ruta establecida, buscar un camino alternativo, y dejar que el silencio vaya dando poso al lugar. La vuelta, en lugar de hacerlo por el camino marcado lo alargamos por una pista que nos iba dando unas vistas diferentes, sin distinguir el tumulto, entre encimas, madroños, avellanos, castaños, laureles...que poblaban la ladera. Un sentimiento de especies que conviven y luchan por prevalecer frente al acantilado y al roquedal nos dieron otra visión, menos humana, más natural. De vez en cuando bancos para contemplar, estar en silencio mientras el sol se ocultaba detrás de la ermita.
El sábado por la tarde, después de pasear por la playa de Bakio y recorrer el paseo de Plentzia, nos acercamos a Bilbao a visitar el museo. Coincidio con el fin de semana gratuito. Estaba lleno de familias y jubilados, que lejos de ser entendidos y aparentar interés y conocimiento, comentaban sin pretensiones, y se dejaban llevar por el museo. "Un museo para pasear" creo que sería la definición, sin más alardes, y como es imprevisible se deja querer. Las familias, los bebés, los niños corriendo y preguntando nos hicieron una visita de más de dos horas deliciosa.
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