martes, 10 de marzo de 2026

Moor, Robert. "En los senderos", "Reflexiones de un caminante"

 

 Lo compré en la Librería Desnivel. Miertras buscaba libros para reyes allá por las navidades del 24-25. 

Últimamente en la biblioteca que tengo en "playlibros" que es la app que estoy utilizando más porque la puedo leer desde el ipad, y me es mucho más versatil que el kindel, tengo un libro de caminantes, excursionistas, sobre viajes en la naturaleza. Nada profundos pero son libros que me encanta leerlos y me relajasn. Igual que veo en la televisión personajes andando o montando en bici por la naturaleza.....por favor sin hablar, sólo imágenes.....el resto es accesorio,  o trenes circulando entre paisajes. Es lo que me gustas...relajarme viendo paisajes. También el tipo que se está construyendo una casa en los Alpes. Parece que mis gustos se van decantando. O cuando en Pinilla sólo me dedico a observar, mientras pongo la chimenea...

Este libro está en esta línea. Realmente es un libro sobre los "senderos".  Tiene un planteamiento ontológico, aunque sólo lo muestra de manera empírica, muy americano sobre cómo se conforman los senderos, cómo se van haciendo, construyendo. Desde serés diminutos, pasando por mamíferos...hasta rutas de senderismo actuales. ¿cómo se van configurando? ¿haciendo? construyendo. 

A veces demasiado intenso, y pormenorizado.....alguna lectura en diagonal.


Frases:

https://elpais.com/deportes/2018/10/14/actualidad/1539510370_104129.html?id_externo_rsoc=TW_CC

Andar por un camino implica seguirlo. Como en las situaciones de postración o de aprendizaje, andar por un camino requiere e inspira a la vez una cierta dosis de humildad. Para mantener ligera mi mochila, no llevaba ningún mapa, ni ningún dispositivo de orientación por satélite, sino únicamente una delgada guía turistica y una brú jula barata para situaciones de emergencia. El camino era mi única guia real de navegación. De modo que me cení a él, como siguió Teseo el hilo desenrollado del ovillo de bramante de Ariadna.

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Mi camino espiritual, en la medida en que pudiera tener alguno, era el propio sendero. Consideraba el senderismo de larga distancia una forma terrenal, simplificada y típicamente americana de meditación ambulante. La principal virtud de la estructura limi-tadora de un camino es que libera la mente permitiéndole dedi-carse a actividades más contemplativas. El objetivo de mi chapu-cera religión del sendero era avanzar sin contratiempos, vivir con sencillez, extraer sabiduría de la naturaleza y observar con calma el constante flujo de los fenómenos. Ni que decir tiene que básicamente fracase. Repasando hace poco mi diario, descubrí que, lejos de pasar mis días en un estado de serena observación, la mayor parte de mi tiempo estuvo dedicado a lamentarme, fanta-sear, preocuparme por la logística y soñar con comida. No logré la iluminación; pero en general estaba más contento y sano de lo que lo había estado nunca.

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En el transcurso de mi primer par de meses, mi ritmo se fue incrementando gradualmente, pasando de quince kilómetros dia-rios a veinticinco, y luego a treinta. Segui acelerando mientras alcanzaba las crestas relativamente bajas de Maryland, Pensilva-nia, Nueva Jersey, Nueva York, Connecticut y Massachusetts. Para cuando entré en Vermont, llegaba a cubrir hasta cincuenta kiló-metros diarios. En este proceso, mi cuerpo se fue readaptando a la tarea de andar. Mi zancada se fue haciendo más grande. Las ampollas se endurecieron hasta transformarse en callos. Toda la grasa de repuesto, y hasta un poquito de músculo, se convirtió en combustible. En cualquier momento dado siempre había uno o dos componentes de la maquinaria que necesitaban algo de man-tenimiento: un tobillo dolorido, una cadera inflamada... Pero los raros dias en que todo funcionaba en armonía, recorrer un buen trecho de camino era como conducir un supercoche pisando a fondo por una autopista vacía: un matrimonio perfecto entre el instrumento y la tarea por realizar.

También mi mente empezó a cambiar de manera sutil. Un vie-jo y legendario senderista que responde al apodo de Nimblewill Nómada me dijo en cierta ocasión que el 80 por ciento de los aspirantes a completar la Senda de los Apalaches que finalmente acababan renunciando a ello lo hacia por razones mentales y no fisicas. Simplemente no pueden aguantar el reto de estar dia tras día, semana tras semana y mes tras mes ahi fuera en medio de tanta quietud, me comentó. Yo aprendí a regañadientes a abrazar el silencio monástico de los bosques del este. Algunos días, des-pués de recorrer muchos kilómetros, me sumergía en un estado de claridad mental casi perfecta: serena, cristalina, libre de todo pensamiento... Como dicen los sabios zen, solo caminaba.

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Más tarde, trabajando como voluntario es equipos de construcción de caminos, aprendería por qué ocur esto: normalmente, los senderistas buscan la trayectoria más fácil o de mínimo esfuerzo, a través del paisaje. Por su parte, quienes diseñan los caminos procuran construirlos de forma que resistan a la erosión, protejan a la flora más delicada y eviten las lindes de las propiedades privadas (el impulso generado en los últimos vein te años para enseñar a los senderistas una serie de principios en caminados a «no dejar huella» ha tenido cierto éxito de cara a realinear estos dos sistemas de valores divergentes). Pero por más que uno se mantuviera asiduamente dentro de los límites del camino, aun así seguiría alterándolo, puesto que cada paso que da un senderista es un voto en favor de la continuidad de la existencia del camino. Si, por ejemplo, todo el mundo decidiera de repente dejar de recorrer para siempre la Senda de los Apalaches, esta em-pezaría a cubrirse de vegetación y a la larga desaparecería.


Es aquí donde falla el concepto de camino espiritual tal como se retrata en innumerables libros sagrados: las escrituras tienden a presentar la imagen de una ruta inmutable hacia la sabiduría, transmitida desde lo alto. Pero los caminos, como las religiones, raras veces son fijos. Cambian constantemente -se ensanchan o se estrechan, se escinden o se fusionan- en función de si, y cómo, sus seguidores deciden usarlos. 

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Tanto el camino religioso como el de los senderistas se hacen como dicen los taoistas y los poe-tas-al andar.

El uso crea caminos. Los que resultan duraderos, pues, deben de ser de uso. Persisten porque conectan un nodo de deseo con otro: un refugio, con un manantial de agua dulce; una casa, con un pozo; un pueblo, con una arboleda. Dado que expresan y satisfacen a la vez el deseo colectivo, existen en la medida en que lo hace el deseo; una vez que este se extingue, también ellos se desvanecen.


Estos improvisados senderos, que resultan sorprendentemente comunes, reciben el nombre de «caminos del deseo». Pueden en-contrarse en los parques de todas las grandes ciudades de la tie rra, cortando esos ángulos rectos que la eficiencia tanto deplora. Estudiando imágenes por satélite, he encontrado caminos del de-seo en las capitales de los países más represivos del mundo: Pion-yang, Naipyidó, Asjabad... Comprensiblemente, los arquitectos dictatoriales, como los propios dictadores, los desprecian. Un atajo es una especie de grafiti geográfico, que delata la incapaci dad autoritaria de predecir nuestras necesidades y vigilar nues-tros deseos. Como respuesta, los planificadores a veces tratan de impedir los caminos del deseo por la fuerza. Pero esta táctica está condenada al fracaso: los setos se pisotean, los letreros se arran can y las vallas se derriban. Los diseñadores sabios esculpen con el deseo, no contra él.

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Unidos e Inglaterra la gente a veces los llama cow paths o caminos de vacas,

 Cualquiera que pasee por nuestros prados disfruta com frecuencia de la ocasión de agradecerles a las vacas que hayan abierto el mejor camino a través de los matorrales y en las coll nas; y viajeros e indios conocen el valor de un camino de búfalo que con seguridad constituye el paso más fácil posible a través de una cresta». Más de cien años después, un estudio de la Univer. enfrentó a cuarenta cabezas de vacuno a un sofisticado programa sidad de Oregón ha dado crédito a la afirmación de Emerson: de ordenador en la tarea de encontrar el camino más eficientea través de un campo; al final, las vacas superaron al ordenador por más de un 10 por ciento de aciertos.

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Cualquier sensación de dominio que yo pudiera albergar se entremezclaba con un sentimiento de humildad. Había caminado más de tres mil kilómetros, pero jamás podría haber llegado hasta allí solo por mis propios medios. Mi ruta había sido forjada por montones de constructores de caminos voluntarios y un flujo con-tinuo de anteriores caminantes.

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A menudo experimentaba ese mismo tipo de sentimiento a lo largo del camino: era capaz de albergar en mi mente una idea y justo la contraria a la vez. Los caminos, por su propia estructura, fomentan esa forma de pensar. Difuminan la división entre naturaleza y civilización, entre líderes y seguidores, entre yo y el otro. entre lo viejo y lo nuevo, lo natural y lo artificial. Resulta, pues, de lo más apropiado que en el budismo Mahāyāna se utilice precisa-mente la imagen del Camino Medio, o Camino del Medio -y no alguna otra metáfora-, como símbolo de la disolución de toda dualidad. La única oposición que en última instancia resulta importante en un camino es la que existe entre uso y desuso: el pro-ceso constante y colectivo de darle sentido y el lento proceso en-trópico por el que se deshace.

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Este libro es la culminación de muchos años de investigación y muchos kilómetros de caminata. Durante todo ese tiempo tuve la fortuna de contar con la guía de diversos expertos en sus respec tivos ámbitos, cada uno de los cuales aclaró un elemento clave en la larga historia de los caminos, que se extiende desde el Precám brico hasta la posmodernidad.

 En el primer capítulo examinare-mos con detalle las rutas fósiles más antiguas del mundo y explo raremos la cuestión de por qué los animales empezaron a moverse.

 El segundo capítulo investiga cómo las colonias de insectos crean redes de caminos para maximizar su inteligencia colectiva. 

En el tercero seguiremos los caminos de varios mamíferos cuadrupedos, como los elefantes, las ovejas, los ciervos y las gacelas, con el fin de aprender cómo se las arreglan para transitar a través de inmensos territorios y cómo nuestros esfuerzos por cazarlos, pastorearlos y estudiarlos han configurado nuestro desarrollo como especie. 

El cuarto capítulo es una crónica de cómo las antiguas sociedades humanas hilvanaron sus paisajes con redes de senderos, que luego pasaron a estar firmemente entretejidos con las vitales hebras culturales del lenguaje, el saber popular y la memo-ria.

 En el quinto capítulo descubriremos los tortuosos orígenes de la Senda de los Apalaches y otras modernas rutas de senderismo similares de América, cuyo origen se remonta varios siglos atrás, a la época de la colonización europea. 

En el sexto y último capitulo seguiremos la ruta de senderismo más larga del mundo, que va desde Maine hasta Marruecos, y examinaremos cómo los ca-minos y la tecnologia que se combinan para crear nuestros mo-dernos sistemas de transporte y redes de comunicaciones-nos conectan mutuamente de formas antes inimaginables.

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Como escritor y caminante, me veo limitado por mi experien-cia, mis orígenes y educación y mi lugar en la historia. Si hay algún lector a quien este libro le parece demasiado americéntrico, o de-masiado antropocéntrico, le pido disculpas por ello; al fin y al cabo, no soy más que un humano, estadounidense, que hace todo lo posible por dar sentido a un tema engañosamente complejo. También es importante señalar que, aunque la estructura de esta obra es vagamente espacial y cronológica pasando de lo dimi-nuto y lo antiguo a lo enorme y lo futurista-, el libro no es lo que los filósofos denominan una «teleología», una sucesión de pelda-ños que conducen a un objetivo último. No soy tan necio como para creer que los caminos han estado evolucionando durante cientos de millones de años solo para culminar en las rutas de senderismo del siglo xxt. Insto a los lectores a que eviten inter-pretar la estructura de este libro como una escala ascendente, y la contemplen, en cambio, como un camino que serpentea desde el difuso horizonte del pasado hasta el extenso primer plano de nuestras circunstancias presentes. Nuestra historia es uno de los muchos caminos que podríamos haber tomado, pero ha sido el que hemos recorrido.


Pueden hallarse caminos prácticamente en cualquier parte de este vasto, extraño, veleidoso, parcialmente domesticado pero todavía terriblemente salvaje mundo nuestro. A lo largo de toda la historia de la vida en la Tierra hemos creado senderos para guiar nuestros viajes, transmitir mensajes, optimizar la comple-jidad y preservar el saber. Al mismo tiempo, los caminos han configurado nuestros cuerpos, esculpido nuestros paisajes y transformado nuestras culturas. En el laberinto del mundo mo-derno, la sabiduría de los caminos es más esencial que nunca, y, ante el desarrollo de redes tecnológicas cada vez más laberinti-cas, lo será aún más. Para poder transitar hábilmente por este mundo necesitaremos entender cómo hacemos los caminos y cómo estos nos hacen a nosotros.

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Ocurre algo milagroso cuando se sigue un rastro y, por ese mismo hecho, este se convierte en un camino: la línea inerte se transforma-en-un sistema de señales legible que permite a los animales seguirse unos a otros, como si fuera telepáticamente, a través de largas distancias-dichas señales pueden ser fisicas, químicas, electrónicas o teóricas; el medio, en este caso, no es el mensaje-.

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Garnier hacía referencia al libro de James Surowiecki Cien me-jor que uno: la sabiduría de la multitud o por qué la mayoría siempre es más inteligente que la minoría, publicado en 2004, que des-cribía el modo en que una multitud de personas perfectamente normales pueden formular colectivamente juicios que rivalizan con los de los expertos mejor considerados. El ejemplo canónico de este fenómeno es un experimento realizado por el científico británico Francis Galton. En 1906, en una feria agrícola y ganade-ra, Galton recopiló datos de un grupo de personas que intentaban adivinar el peso de un voluminoso buey. De las aproximadamente ochocientas personas que propusieron una estimación, la mayoría erraron por mucho en el cálculo; sin embargo, la media de todas sus estimaciones resultó ser casi exacta.

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. Pero ¿por qué me preguntaba nosotros, mamíferos terrestres de cerebro grande y altamente individualizados los mayores caminantes del universo conocido, sentimos la necesidad de caminar siguiendo el rastro de otros? ¿Por qué no caminar solos, absolutamente libres?

. Todavía no he encon-trado una sola cultura en la Tierra que no especule en torno a la vida interior de nuestros hermanos animales. Y por una buena razón: nuestra supervivencia a menudo depende de ello. Para entender la psicología de sus presas, muchas sociedades de cazado res indigenas realizan ritos mágicos tales como trances rituales, sacrificios, danzas ceremoniales, varias formas de ayuno e incluso la automutilación. Impulsados por esa misma cuestión básica, los científicos occidentales realizan elaborados experimentos y ela-boran modelos informáticos de una deslumbrante complejidad. El conocimiento al que hemos aspirado y los vinculos que hemos establecido con otros animales a lo largo de millones de años han convertido a los humanos a todos nosotros, desde los cazadores de gacelas del Kalahari hasta los criadores de gatos de Tokio-en lo que hoy somos.

Tradicionalmente, los humanos hemos aprendido a empatizar con otras especies de tres maneras distintas. Quizá la más común

«Cuanta más influencia ejercen los miembros de un grupo unos sobre otros-escribía Surowiecki, menos probable resulta que las de-cisiones del grupo sean sabias».

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Pero ¿por qué me pregun-taba nosotros, mamíferos terrestres de cerebro grande y alta-mente individualizados los mayores caminantes del universo conocido, sentimos la necesidad de caminar siguiendo el rastro de otros? ¿Por qué no caminar solos, absolutamente libres?

Todavía no he encon-trado una sola cultura en la Tierra que no especule en torno a la vida interior de nuestros hermanos animales. Y por una buena razón: nuestra supervivencia a menudo depende de ello. Para en-tender la psicología de sus presas, muchas sociedades de cazado res indigenas realizan ritos mágicos tales como trances rituales, sacrificios, danzas ceremoniales, varias formas de ayuno e incluso la automutilación. 

El conocimiento al que hemos aspirado y los vinculos que hemos establecido con otros animales a lo largo de millones de años han convertido a los humanos a todos nosotros, desde los cazadores de gacelas del Kalahari hasta los criadores de gatos de Tokio-en lo que hoy somos.

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Se dice que los rastreadores expertos llegan a iden tificarse en cierta medida con su presa; esa tendencia les permite seguir caminos que se desvanecen de forma intermitente, e incluso experimentar las mismas sensaciones que tienen los animales en su desplazamiento el pinchazo de una espina en una pata, la suave elasticidad de la arena caliente bajo los cascos..., un proceso al que a veces se alude como convertirse en el animal».

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A lo largo de muchos años, los pastores y sus rebaños se moldean mutuamente. Se adaptan unos a la conducta de otros y configuran mutuamente sus cuerpos; los pastores tratan de engordar a las ovejas, mientras estas se esfuerzan en que los primeros se man-tengan en forma. 

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Y lo que es más importante: aprendí que, siempre que le resulte posible, un pastor debería intentar ganarse la voluntad de las ovejas antes que doblegarla, Identificando los nodos de deseo hacia los que gravitan las ovejas de forma natural, descubrí que podía guiar al rebaño sin causarle un excesivo estrés. Smith escribió que, si se ejerce con destreza, la actividad del pastoreo no tiene por objetivo intimidar al rebaño, sino más bien «crear en las ovejas el deseo de hacer lo que-el-pastor quiere que hagan»; y ese añadia- «es el secreto para manejar con acierto a todos los animales».

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Es esta la definición más sucinta de la naturaleza salvaje que he encontrado nunca el no yo. Ahi, en el único lugar que no he mos remodelado a nuestra Imagen y semejanza, reside una forma de sabiduría muy profunda y antigua. «En el corazón de toda belleza subyace algo inhumano», escribía Albert Camus. Pero solo vislumbramos ese núcleo inhumano una vez que nos hemos despojado de la rosada lente de la familiaridad. Entonces -es-cribía Camus-comprendemos que el mundo nos resulta ajeno e irreducible», una sensación extremadamente familiar tanto para Thoreau como para Huxley. «En ese mismo momento esas colinas, la suavidad del cielo, el contorno de esos árboles pierden el significado ilusorio del que los habíamos revestido-escri-bia. La hostilidad primitiva del mundo se alza frente a nosotros a través de los milenios». Nosotros, los humanos ultracivilizados, apreciamos la naturaleza salvaje, la tierra virgen, porque potencia yencarna a la vez el concepto del no yo; es una tierra descarada-mente desnuda, donde una persona, con una mezcla de temor y reverencia, rayana en el sinsentido, puede gritar: «¡Contacto!».

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Thoereau 

Aquella era la Tierra de la que hemos oído hablar, hecha de Caos y Noche Ancestral. No estaba alli el jardín de ningún hombre, sino el globo primigenio. No era césped, ni pastizal, ni dehesa, ni bos-que, ni pradera, ni tierra de cultivo, ni erial [...]. No cabía estable-cer asociación alguna con el hombre. Era Materia, vasta, tremenda [...] ¡rocas, árboles, el viento en nuestras mejillas! ¡La tierra sólida ¡El mundo real! ¡El sentido común! ¡Contacto! ¡Contacto!

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Y ahora voy a pasar directamente al punto de la filosofia de los senderos de largo recorrido concluía MacKaye-. Consiste en organizar una invasión bárbara. Es un movimiento contrario a la învasión metropolitana [...]. Mientras los civilizados avanzan hacia fuera desde los centros urbanos, nosotros, los bárbaros, de bemos avanzar hacia dentro desde las cimas de las montañas»,

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Onfray, Michael. Teoría del viaje.