miércoles, 18 de marzo de 2026

Muñoz Rojas, José Antonio. Cosas del campo. 26-02

 

Otro libro abierto por referencias, como las cerezas. "libros que te llevan a otros libros", o artículos de periódico que hacen referencia...

Los primeros capítulos que hablan del campo, de los olivos, de los eriales, de flores, de alondras, herciales....una maravilla. Después se va perdiendo en las historias de un niño, o del autor como niño en un pueblo de andalucia....pierde fuerza.

Si pudiera, lo comparaía en papel...cuando habla de las...







Las cosas del campo (1951)

Las encinas solitarias son los dientes que le quedan al campo para mascullar una historia de montes sonoros con grandes encinas y muchas jaras, con sombras apartadas y rincones que nadie había hollado, cuando reinaba la alimaña y tenía libertad la primavera


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Y el verdor ceniciento o plata de los olivos según el viento. ¡Cómo se parecen en su seriedad, en su grande monotonía, al mar!


30 de octubre de 2025

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Año tras año, sol a sol, surco a surco, se va el hombre atando a la tierra, enterrándose en ella. Andamos sobre sus sudores, sobre sus ilusiones y sobre sus huesos

Qué bellos, estos instrumentos del verano! Las horcas, las palas, los biergos, las carretas con sus varales. Cuando llega la feria de mayo, se reponen. Vienen ya lisos, pero más lisos los pondrán espigas, raspas y manos. Correrán por la palma suavemente, serán alas levantando la parva, lucirán desnudos al sol

Alegría de los álamos blancos era el verano! Alegría de envés de plata y haz de verde, juego en el viento y en la luz, marecilla de frescor en la calina, ligereza al peso que el verano echa sobre los días


8 de enero de 2026

Cuando la tórtola llega, comienza a negrear la espiga. ¿Qué sería de este aire de estío sin ese alivio y acompasamiento de las tórtolas? Ellas saben el camino de la fuente, la gallardía de la figura, la delicadeza en el vuelo, el ajuste del rumor

Hombres del campo, hechos al polvo y a la pena, con la copla sin alegría, pardos, contra el suelo, surco va, surco viene, ya al arado, ya a la hoz o al azadón uncidos a la tierra, nobles hombres del campo, en el olvido y en la desesperanza


Ya ve usted, las mujeres no se hacen a gusto. Unas entienden y otras no. Unas entienden con palabras, otras con palos. Algunas ni con lo uno ni con lo otro. ¿Y qué hace usted? ¡Si siquiera pudiera uno dejarlas! Pero ¿quién las deja? Y menos un pobre. Y luego añadía como si se tratara de lo mismo: —¡Qué buenos se están poniendo los mulos!


Refugios de la hermosura, herrizas, únicos lugares donde la Naturaleza hace de las suyas bellísimas. Da gloria tras tanto campo arado, tras tanto olivo compuesto, tras tanto surco ordenado, tras tanto habar sin libertad, este puro reino de la libertad y la hermosura que son las herrizas


Aceituna arrugada, verde, vinosa, al igual que los rostros, que las ropas, que las manos enterronadas


El corazón discurre sobre estos campos. Lo llevan los ojos, los oídos, el olfato. Se hace sentido. Lo sabe, lo acecha todo, lo espera todo, se tiende sobre la tierra, se abriga entre dos surcos, pasa entre los olivos. La belleza es un vuelo. ¿Quién lo dijo? No se


está quieta en las cosas y no se mueve de ellas. Dentro y fuera. ¿Cómo decirlo? Parece que somos pozos oscuros, hondos, donde nada llega. Y asomándonos, está todo. La loma, el peñascal, la vera de la zanja, la desazón, la felicidad acechadora, la alegría que apunta, la sombra cernida. ¡Ay corazón, lento y oscuro!

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Por la noche, me gusta bajar a la cuadra, caliente estos meses de invierno con los vahos húmedos, y pasar ante la fila de cabezas, largas las orejas, dulces los ojos maliciosos


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Todavía en medio de los ordenados olivares de hoy, sobresalen a veces restos de olivos viejos de casta distinta, lechines, manzanillos, injertos algunos en acebuches por las cercanías de montes y cañadas, rebajados otros, hijos de mala madre, sin orden en su conjunto, tan libres, altivos y desgreñados, tan pródigos y llenos de poesía, bailadores eternos


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Quién fuera abeja estas tardes, cuando los tilos florecen y la sangre va por las venas, respondiendo al latido del aire, una con él, caliente, esperanzada, colgada sobre el tiempo, ay, sobre el tiempo, colmena que todo lo quiere para él!

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Las musarañas quedas ahí pensando en las musarañas. ¡Ya estaban aquí! Claro. Eran ellas. Las musarañas, insectos, animalillos, ángeles. Algo tenía que ser. Si no, no cabía que, sin presencia de alguien

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En lo hondo, confuso, algo se mueve. ¿Una mano? Es una mano pequeña que quiere coger otra mayor que se le tiende. La pequeña mano halla su cuenco en la otra. Luego se sienten unos pasos, una voz: Llévame, llévame contigo

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Subía el ciprés alto y prieto por cima de las tapias


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no hay en verdad tapias ni medianerías, que no hay muros que no rompan unas frágiles notas, ni raíces, por hondas que estén, que no se muestren al aire. Todo se escapa hacia su transparencia y comunicación, por mucho que quiera encerrárselo. Y la Humildad está ahí, perenne en este recuerdo, con sus cipreses

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El ruiseñor! ¡El ruiseñor! Salía claro como una voz del agua y la piedra, como un solo del aire, el canto del ruiseñor. Salía alto entre los montes pelados al cielo puro, se metía dentro, largo, haciendo un túnel de gozo en el alma.

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Eran melancólicas las tardes de verano. Abrían los deseos, ponían a la esperanza en carne viva. Comenzábamos a sentir la inutilidad forzada, el dulce desperdicio de las horas, las manos delicadas de la angustia. Y al mismo tiempo un enriquecimiento, la seguridad de que la tarde no se iba, que se quedaba alta sobre nuestra vida con sus rumores y olores, con su realidad de ensueño y esperanza

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